Entre la admiración y la propaganda de estado

Título: “A Roma con amor” (“To Rome with love”)
Año: 2012
Duración: 102 min.
País: EE.UU.
Dirección y guión: Woody Allen
Género: comedia romántica

Coincidiendo con el estreno de “Scoop”, hace ya seis años, los acerbos juicios de la crítica sobre la paupérrima calidad de las últimas películas de Woody Allen están justificados sólo en parte. El Allen actual hace un cine mediocre, que no malo; es decir, de calidad media (a excepción de la aberración de “Vicky, Cristina, Barcelona”). Lo que pasa es que esas películas caen en desgracia en el momento en que sufren los estragos de la comparación con su anterior y excelsa obra. Sufre el peso de su propia herencia. “A Roma con amor”, su último estreno, pertenece a esta corriente de películas resultonas, pero exentas de mayores glorias o peores penas.

Para su cuadragésima segunda creación cinematográfica, el neoyorquino ha optado por la técnica collage con la que presenta, a partir de cuatro historias primarias, otras historias derivadas que terminarán copando todo el tiempo narrativo. Ello provocará que la película se haga en momentos soportablemente larga. “Desmontando a Harry” ya usó un mecanismo similar, con la diferencia de que en aquélla todas las historias nacen de una única figura, Harry. Aquí no hay más interconexión que el escenario urbano cuya presencia es semejable al de un personaje: Roma. A una conclusión similar se llegó con “Midnight in Paris” y algo menos parecida en “Vicky, Cristina, Barcelona”.

Estas tres películas, cuyo título incluye el nombre de una ciudad europea (“Vicky, Cristina, Barcelona”, “Midnight in Paris” y “A Roma con amor”) y que forman parte de su etapa diminuendo, adolecen de no ser historias originales, genuinas, fruto de la experiencia directa y vital de su autor. No lo son. “A Roma con amor” no es un relato de introspección, como pudiera ser “Stardust Memories”; o un relato sociológico, como “Días de Radio”; ni incluso es un relato moral, como “Delitos y faltas” o su remake “Match Point”. No es nada de eso. Es sólo una carta de agradecimiento, situada equidistantemente entre la admiración y la propaganda de estado.

Penélope Cruz aparece aquí caracterizada de prostituta

No obstante, a lo largo de la cinta, Allen nos regala momentos de esplendor, como esa imagen del guardia de tráfico de movimientos afectados e inglés macarrónico convertido en improvisado narrador. O aquélla otra de la cabina de ducha en el escenario operístico para que el tenor pueda sacar lo mejor de sí, imagen de inevitables reminiscencias dalinianas. Como contrapartida, las historias, que pretenden ser las partes que forman el todo metropolitano, no son verosímiles, lo que causa cierta indolencia por parte del espectador, que no logra empatizar. No es que en “El dormilón” o “La última noche de Boris Grushenko” reinara la lógica, pero el humor -entonces mucho más elevado en calidad y abundante en cantidad- daba la licencia para sumirse en ese mundo. “A Roma con amor” muestra una filosofía amarga insertada en historias hiperbólicas donde los golpes de humor son algo anecdótico, al menos los exitosos. La filosofía que se escurre de cada historia confirma el viaje del autor desde un pesimismo vitalista a un pesimismo pragmático (“La vida nunca da satisfacciones, pero es mejor que no te las dé siendo rico que pobre”).

Otro aspecto que merece la pena recalcar es la recuperación de algunos elementos de su pasada –y gloriosa- filmografía, algo que el cineasta neoyorquino ya hizo en “Midnight in Paris” con respecto a “La rosa púrpura del Cairo”. Por ejemplo, el estilo periodístico que adquiere la narración cuando Leopoldo Pisanello se convierte en rico por arte de  birlibirloque recuerda al estilo documental de “Zelig”; o Alec Baldwin interpretando a la conciencia que da consejos para ligar, como Humphrey Bogart en “Sueños de un seductor”.

Alec Baldwin hace las veces de conciencia de Jesse Eisenberg

No me permitiría terminar la crítica sin una referencia a las dotes interpretativas de Judy Davis, actriz que asumió el rol de divorciada-celosa-paranoica en “Desmontando a Harry” y “Maridos y Mujeres”, cuyo irrelevante papel en esta cinta no le resta ni un ápice de su genialidad.  Roberto Benigni, que interpreta a Leopoldo Pisanello, no le va a la zaga. Para Allen es la primera vez desde “Scoop” que aparece delante de la cámara sin sorprendentes resultados. Fiel a su estilo -aunque con escaso protagonismo- al personaje propio que creó allá en las postrimerías de los años 70. Estas cosas, junto con otras señaladas anteriormente, hacen que la película se salve; pero están a años luz de elevarla al monte sagrado de las estrellas donde reposan sus hermanas mayores.

Análisis de género

Vladimir Nabokov dijo en una ocasión que lo que más le gusta de los libros es que no haya una única historia, sino que la novela crea una red de éstas. Esta máxima la ha llevado a su extremo Woody Allen en “A Roma con amor”. La heterogeneidad de personajes que posee coincide con una pluralidad de individualidades. Así se imposibilita la existencia de un único, exclusivo y superior papel protagonista, que en el cine suele corresponder normalmente con él género masculino.

Se constata, no obstante, que en “A Roma con amor” los relatores de las microhistorias que conforman el mosaico narrativo audiovisual son predominantemente hombres, excepto el papel de Milly (Alessandra Mastronardi). Cierto que van acompañados de una partenaire femenina, pero ésta es siempre protagonista en cuanto mujer, esposa, o amante, como Penélope Cruz que hace de prostituta. O la propia Milly, cuyo papel adquiere relevancia –si adoptamos como criterio los minutos que aparece en el film- cuando ésta comete una infidelidad. Están, por tanto, supeditadas y relegadas al marco de las relaciones amorosas. Es un tendencia propia de la última etapa de Woody Allen: el enorme y desmesurado peso de las tramas amorosas en detrimento de otros temas soslayadamente presentados, como la muerte, la fama, el azar y como éste domina las vidas humanas, etc., que sí fueron temas coprotagonistas junto al tema romántico en anteriores creaciones suyas. Incluso el amor/desamor son tratados ya de otra manera, más atávica, más estandarizada.

Es difícil encontrar clichés de mujeres en este película, así como en toda la carrera de Allen. Y esto se explica porque, aún hoy, con esa nueva forma de hacer cine con la que ha decepcionado a tantos, él sigue haciendo un cine propio, particular, de autor. Los clichés son más para el cine de género. Esta cinta muestra unas relaciones eminentemente materno-filiales entre las mujeres (Judy Davis- Alison Pill), pero también de amistad (Ellen Page – Greta Gerwig).

“A Roma con amor” no es, de todos modos, la película más representativa ni de la genialidad de Woody Allen ni de su representación de lo femenino. Dejo para un próximo artículo que se publicará en pocos días un análisis algo más detallado, pero siempre insuficiente, del tratamiento de este rol en su carrera de cineasta.

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