“La mujer era uno de los principales objetivos de la propaganda audiovisual franquista”

Fátima Gil (primera por la izquierda) en el salón de actos de la Facultad de Geografía e Historia en el incio de la charla

Fátima Gil, profesora de Comunicación de la Universidad de Burgos, presentó ayer su reciente libro “Españolas en un país de ficción. La mujer en el cine franquista (1939-1963)” en la Facultad de Geografía e Historia de la Complutense, coinciendo con el trigésimo séptimo aniversario de la muerte del dictador.

Este trabajo, fruto de su propia tesis doctoral, tiene un marcado carácter investigativo y científico donde pone de relieve la importancia del cine como mecanismo de construcción y representación de identidades en uno de los periodos de la Historia de España, los primeros años de la dictadura franquista, en el que las altas tasas de analfabetismo y de pobreza dotaron a este medio de una especial relevancia al convertirse en el principal vehículo de la propaganda social y, en el caso que ocupa, de género. Así por ejemplo, es destacable que en 1948 la media de veces que un madrileño iba al cine era de 45, y que en los años comprendidos entre 1939 y 1945 se habían construido 25 iglesias frente a las 39 salas de cine. El objetivo consiste en comprobar si existía o no correspondencia  entre las consignas oficiales del régimen sobre un determinado aspecto (trabajo, familia, amor, moral) y el discurso cinematográfico.

Gil destacó que la mujer ocupaba un papel importante en el tinglado de propaganda audiovisual franquista, al ser ésta una espectadora más fiel que el hombre, al menos hasta los años 50. Esta es la conclusión que se desprende al comprobar que las dos principales revistas cinematográficas del momento, “Primer Plano” y “Radiocinema”, contaban con sendas secciones especializadas en la mujer, aparte de abundar los anuncios cuyo destinatario era eminentemente femenino. Ella, la mujer, en los papeles de madre y esposa, asumió la garantía de los principios morales del régimen.

Portada de María Guerrero en la revista “Primer Plano” de su número de diciembre de 1940

Desde la perspectiva de la censura cinematográfica franquista, el público femenino estaba homogeneizado independientemente de su clase y condición social. El elevado número de salas de cine distribuidas por el país permitía que éste llegara a todos los rincones. Era un medio de entretenimiento barato y accesible.

La censura obligó a que la abundante producción cinematográfica española de esos años fuera particularmente evasiva y de escasa calidad (salvando gloriosos ejemplos, como “La vida por delante”, de Fernando Fernán Gómez, o “La prima angélica” de Carlos Saura, de 1958 y 1973 respectivamente), con una explícita predilección por la comedia romántica. Su intención era más aleccionadora y proveedora de ejemplos positivos -en consonancia con una idelogía retrógrada- más que ocultadora, aunque hubo algunos personajes invisibles, como la mujer roja y/o republicana, la prostituta, la mujer encarcelada, o simplemente mujeres feas, aunque este elemento es extrapolable a la actualidad.

Gran ensañamiento sufrieron la mujer artista y la mujer adúltera, dos de los clichés peor parados con diferencia. En el primer caso, se la presentaba como alguien agoísta cuyas aspiraciones profesionales estaban por encima de las biológicas, esto es, ser esposa fiel y madre. Idea que no dejaba de chocar con la fastuosidad verbal con que Sara Montiel y Carmen Sevilla, entre otras, eran presentadas en el NO-DO. En el segundo caso, existía mayor diversificación. Las mujeres adúlteras estaban en exacerbada minoría con respecto a los hombres adúlteros, y es interesante establecer un análisis comparativo sobre el cómo y las consecuencias de los actos pecaminosos según quién los cometiera. Mientras que el abandono del hogar familiar por parte del hombre está siempre justificado, en la mujer ese abandono se transforma en huida motivada por caprichos y aspiraciones absurdas. Y el perdón, que siempre lo va a haber porque se vivía bajo el contexto de un estado profundamente religioso, llegará sin problemas para él, mientras que para ella se transformará en un valle de lágrimas, un camino de penalidades, como se puede comprobar en “Rogelia” (1962) de Rafael Gil, donde la protagonista decide volver con su marido, pese a que es un maltratador.

La violencia doméstica aparece siempre de soslayo y muy sutilmente, pero exenta de toda condena y crítica, como en el caso inmediatamente citado de “Rogelia”. Otras películas serán más explícitas, como en “Muerte de un ciclista” (1955) de Juan Antonio Bardem, donde la mujer/amante termina muriendo. No obstante, la mayoría de las narraciones no se recrearán en ello. La amante se identificaba inmediatamente. Poseía una belleza exuberante y era muy llamativa, además de ser una fumadora empedernida. En aquella época se relacionaba el tabaco con una merma en las posibilidades reproductoras -sólo en la mujer-, por tanto si una fumaba era porque no quería ser madre, y si no se quería ser madre, no era una mujer de verdad. Así se construía el discurso negativo contra este cliché.

Es evidente que, con el panorama descrito, la mujer rara vez se colocara detrás de las cámaras. Hubo un exiguo número de directoras, entre las que destacó Ana Mariscal, entre otras.

La conferencia de Fátima Gil se enmarcó dentro del seminario “El franquismo en los libros”, cuya última sesión tendrá lugar el 13 de diciembre con una ponencia a cargo de Josefina Cuesta titulada “La odisea de la Memoria” en la citada facultad. 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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