Somos gotas del torrente que nos arrastra

Hace pocos días que concluyó mi ciclo de cine dedicado al screwball, esa vía subsidiaria de la comedia que triunfó en la década de los 30 y 40 en EE.UU., y que en España se tradujo como “comedia de enredo”, entre otras denominaciones. Y me llamó poderosa e inevitablemente la atención -por mi doble condición de fémina y redactora de este blog- el papel que se le asigna a la mujer en estas películas: tan irreverentes, tan adelantadas, tan audaces. Véanse si no me creen “La fiera de mi niña” (1938, Howard Haws), “Las tres noches de Eva” (Preston Sturges, 1941) o “Candidata a millonaria” (Mitchell Leisen, 1935). Todas mujeres (Susan, Eve y Regi interpretadas respectivamente por Katharine Hepburn, Barbara Stanwyck y Carole Lombard) independientes en lo económico y en lo psicológico del hombre; éste no es más que una mera marioneta movida al antojo de aquélla. Incluso a Haws se le llegó a acusar (utilizo este verbo reprobatorio porque fue el tono con el que se lo comunicaron) de impulsar el movimiento de liberalización de la mujer.

Es destacable que hasta 1930 en EE.UU. no se hubiera desarrollado ninguna censura que impiediera, por ejemplo, a Mark Senett presentar su serie de películas tituladas “Bathing beauties”, que prometían al espectador al menos una escena de mujeres en trajes de baño. A partir de ese año, motivado por la sacudida moral que supuso el crack del 29, y terminado de convencer por los escándalos de algunos actores y cineastas cómicos como Keneth Anger o Roscoe Arbuckle, más conocido por su apodo Fatty, William Harrison Hays, presidente de la patronal del cine, decidió imponer un código ético que operaría a modo de censura. Aunque no entró en funcionamento inmediatamente, en cuatro años ya era de uso obligado. Adios mujeres fuertes y aguerridas; hola mujeres débiles y apocadas. En este contexto, la screwball comedy trató de sortear estas dificultades y pudo colar varias licencias, en gran parte gracias al carácter alocado que tenían sus personajes, tanto femeninos como masculinos. Pero aún así, el Código Hays marcó el principio de la institucionalización de la representación del género femenino en el ámbito doméstico o privado, siempre como algo inferior respecto a las solemnes actividades masculinas.

Lo explicado anteriormente lleva a pensar en el poder de unos pocos para decidir lo que es digno de ser visible, sentible y pensable para unos muchos. Y al final sucede que se logra por convencer al que previamente había sido obligado a ver, sentir o pensar determinadas cosas. Ocurre en todas las épocas y en todos los lugares. Repito y subrayo: en todas las épocas. Si en una dictadura se censura y en una democracia se manipula, ¿quién nos manipula ahora? Propongo limitar la respuesta a lo que estrictamente tenga que ver con la representación del género en general, y el femenino en particular. Me parece pertinente sacar a colación aquello que dijo Pier Paolo Passolini a propósito de su, precisamente, censurada y polémica película “Los 120 de Sodoma”, que nunca llegó a ver estrenada (lo asesinaron cuando estaba rodando la versión francesa): “El consumismo es la dictadura actual”.

El consumismo se sostiene por unas personas que consumen inmoderadamente productos que les generan placer o con los que condescienden idelógicamente en el que caso de que estos estén provistos del algún mensaje (libros, música, películas…). Ejemplo: si Stephenie Meyer vende tantas copias de su saga Crepúsculo es porque en el fondo existe un conformismo implícito en la sociedad que no sólo permite si no que normaliza las relaciones asimétricas entre hombres y mujeres, dónde ella asume la parte “sufriente”. También en el campo de la música podemos encontrar ejemplos, si se quiere trascender el cinematográfico. Hace pocos días salió el rumor de que Cuba planea retirar el reggaeton en sus canales públicos. Dejando aparte la valoración de las políticas de los hermanos Castro, no se puede negar el tremendo éxito de ventas de estos cantantes que dotan a su canciones de unas letras y unos videoclips aberrantes para la mujer y para todo aquél que haya querido a una. Y, sin embargo, son las estrellas fetén de las discográficas por el dinero que generan.

El consentimiento tácito que permite el éxito y dominio de mensajes que menoscaban -unos más abiertamente que otros- el concebimiento de hombres y mujeres en su completitud intelectual iguales, hunde sus raíces en el machismo más ancestral, en el patriarcado que nació en la noche de los tiempos, y que ha conseguido permear de tal forma en el espíritu de las personas que la discriminación de género se ha naturalizado. Es una tolerancia visceral, por oposición a cerebral que uno aprueba sin que haya un reflexión previo, sin que uno se haya parado a pensar si lo acepta o no; un procedimiento mecánico, fruto de la fuerza la tradición más primitiva que ha conseguido manternerse en el tiempo.

Vuélvase a la sentencia de Passolini, “el consumismo es la dictadura actual”. La presencia de unos consumistas (que no consumidores) le dan razón de ser. Son en buena parte responsables de ello, del éxito de ciertos productos que, centrados en el caso que nos atañe, el del género, no respetan la dignidad de la mujer en cuanto tal. Pero estos consumistas responden a un sentimiento colectivo creado por la casta masculina-heterosexual, del que no son siquiera conscientes de su existencia los mismos censores o manipuladores del mundo contemporáneo. No hay mayor ni mejor censura que aquélla que nos imponenos inconscientemente. Por eso no se debe ver, ni sentir, ni oir nada acríticamente porque entonces seremos partícipes de esa dictadura y correremos el riesgo de convertirnos en gotas del torrente que nos arrastra. El concimiento, pues, nos hace responsables.

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